15 de marzo de 2015

El minuto de oro

E
El mundo se ha vuelto loco, literalmente loco, poniendo precio a todo, a lo material y a lo inmaterial, a lo ajeno y a lo personal, incluso a la dignidad de las personas atajando por el camino de la ruindad (pero, evidentemente, de eso no leerás en este blog mientras esté yo al otro lado). Y en ese afán por cuantificar lo incuantificable, ¿cuánto darías por volver a ver o abrazar a alguien que has perdido?, ¿cuánto, por revivir un momento trascendental, de éxito, de felicidad desmedida?. Quizás, en privado, pudiera recoger aplastantes respuestas como “Lo daría todo”.

Dudo que en la senda de la materialización obsesiva se pueda encontrar la felicidad, pero sí es cierto que más que divagar, más que construir castillitos en el aire te apetezca poner los pies en el suelo y saber cuánto vale un minuto bien aprovechado en tu vida y dónde debes buscarlo. Y esta cuestión cobra mayor relevancia cuando de ello depende el rumbo del minuto siguiente, y este del siguiente y, así, sucesivamente.

Fuente imagen: facebook
Tomar las decisiones correctas, estar en los lugares adecuados, siempre en los momentos precisos… Eso no es fácil y se convierte en un deporte vital de riesgo, especialmente si no has elegido bien a los compañeros de viaje. Y cuando digo compañeros de viaje me refiero a dos, fundamentalmente: personas y, cómo no, actitud.

Para abordar con éxito cada minuto, para avalar con argumentos válidos cada decisión que lo marca, es imprescindible aportar conocimiento, en primer lugar, (he de decir que la ruleta rusa no es una forma válida de tomar decisiones), rematar con proactividad (que no es más que una mezcla bien medida que podría conseguirse con creatividad, innovación e implicación).

De ahí, precisamente, nace la motivación, el motor que te mueve a actuar de una forma u otra, que te obliga a creer en las segundas oportunidades a pensar que el error es una libertad que te debes permitir. Como decía Charlie Chaplin, “Nunca renunciaré a la libertad de equivocarme”. Eso sí, procura que tus errores no arrastren a los demás.

Es importante creer en ti y elegir las palabras adecuadas para que los demás también crean en ti y, además, te sigan. Lo es a la hora de elegir a esos compañeros de viaje que comentaba, pero también a la hora de vender o venderte en el difícil mundo profesional. Y ahora te voy a hacer una pregunta, a pesar de conocer la respuesta:

¿Alguna vez en tu trabajo has tenido la sensación de que no debías haber dicho algo que has dicho, que podías haberlo omitido o, indudablemente, podías haberlo hecho mejor?. Evidentemente, lo sé, la respuesta es un rotundo SÍ. Es posible que esas palabras con sentido escaso o nulo, inadecuadas siempre, si no se hubieran dicho habrían repercutido de forma positiva en el resultado de esa negociación, de ese trato, de esa oferta, de esa entrevista de trabajo, de esos y tantos otros momentos que van definiendo tu vida profesional.

Qué importante es comunicar de forma adecuada, lanzar los mensajes de forma persuasiva para que tus decisiones lleven el aval de tu talento y buen hacer y la rúbrica de los que te rodean. Pero… ¿Cómo se construyen mensajes persuasivos?. ¿Requieren mucho tiempo y esfuerzo?. Yo, simplemente, te recomiendo que sigas tres simples pasos y que intentes hacerlo en un solo minuto; no es poco, es suficiente, para captar la atención y ganarte la parte más interesante de tu interlocutor (la que abrirá la puerta a tus argumentos del siguiente minuto):

1º. Dispón tus palabras como si contaras una breve historia, con su inicio, su desarrollo y su final.

2º. Intenta captar la atención de la persona a la que te diriges en el primer tercio de tu exposición y refuerza, remata al final.

3º. No olvides repetir, al menos una vez, el mensaje principal antes de acabar.

Dicho esto, podría añadir que el comienzo, para muchos –y yo no difiero mucho de los que abogan por esta forma de pensar- es vital y debe recoger una breve descripción de CÓMO SON las cosas, para abrir camino a lo que tu interlocutor desea oir, es decir, CÓMO DEBERÍAN ser. De esa forma, estás invitando al cambio, a un cambio positivo deseado y esperado al que difícilmente alguien se puede resistir a, al menos, seguir escuchando.

Sigue desarrollando tu argumento para mostrar tu implicación y ganarte la de él, sí, tal cual (no te diré cómo, al fin y al cabo, son tus propios argumentos los que darán el máximo valor a tus propuestas). Y para terminar, me remito a ese remate final, con carga de profundidad que pueda estallar, justo, en la línea de flotación emocional, para invitar a la acción.

Es cierto que los negocios no se deciden con emociones sino con números, pero las decisiones sí están vinculadas a las emociones y, en este caso, será capaz de abrirte la puerta a ese minuto siguiente, a ese que tanto te mereces, a ese minuto de oro.


Suerte y… ¡A por muchos minutos de oro!